El Gambit Café, nuevo local en Madrid, donde se puede tomar algo y jugar al ajedrez durante horas. Foto: FMB / Damas y Reyes

«Todo el mundo viene al Gambit», dijo el Capitán Marinault

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El escritor José Luis Torrego deja volar su imaginación y escribe esta historia, inspirado en su visita al Gambit Café y en algún clásico del cine. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Subía por la callejuela estrecha y empinada, más aún a esas horas después de una jornada completa de duro trabajo. Había dejado atrás la arteria principal de la capital del imperio como un tránsito de luz al negro por un cuadro de Caravaggio.

La sirena de un coche de policía coló un aullido azul a través de la penumbra que malvivía de las sobras arrojadas por una docena de farolas cansinas. Aceleré el paso volviendo la mirada hacia atrás procurando ocultar mi desazón. Porque estaba desazonado, ya lo creo, y ansioso por llegar a la dirección que me habían dado. No veía el momento de desaparecer de esta calle y meterme allí como un tejón en su madriguera.

Vi el cartel al fondo, un caballo de líneas elegantes y minimalistas enfrente de un taller de los que abrían cuando yo cambiaba cromos de Cruyff y Rexach.

—¿Podemos ver sus papeles? —me espetó con glacial educación el gorila de la derecha.

—¿Qué papeles?

—La invitación —era el turno ahora del gorila de la izquierda.

—Claro, claro —dije mientras tanteaba en los bolsillos del abrigo—. Me temo que me los he olvidado en el despacho del cónsul, junto a la pitillera al ir…

—Claro, claro —me imitó el gorila siniestro—. Entonces, tendrá que seguir con viento fresco.

—Adiós, señor —le secundó su gemelo.

—Pero he quedado con un amigo.

—Ya. Márchese, está obstaculizando la entrada.

—Pero les digo que he quedado dentro con…

El Gambit café, antes de abrir sus puertas. Foto: FMB / Damas y Reyes
El Gambit Café, antes de abrir sus puertas. Foto: FMB / Damas y Reyes

Entonces lo vi.

—¡Con él! ¡He quedado con él! —grité mientras señalaba a un tipo uniformado con barba blanquinegra y porte de hombre de mundo.

Se volvieron.

—¿Con el Capitán Marinault?

—Sí, ha quedado conmigo, muchachos —les gritó mientras se acercaba—. Yo tengo su invitación.

Se apartaron para mostrarme en estéreo la entrada franca.

—Por supuesto, Capitán Marinault.

—Ven dentro. Ahora te explico. Por lo visto hoy les toca montar el paripé de la inauguración, ya sabes, prensa de sociedad para que el garito salga en los papeles y lluevan los clientes —y añadió en un tono más confidencial—. Ven, que te presento a Alexandra.

—¿Alexandra? 

—En Madrid todos los ajedrecistas conocen a Alexandra. Y todo el mundo viene al Gambit.

—Ya veo.

Pasamos por la elegante barra que parecía manar cócteles de las manos de Sacha y llegamos al salón interior repleto de mesas de juego a ambos lados del pasillo central.

—Está todo dispuesto.

—Ya lo veo, Fred, y que tu reputación te precede.

Cada mesa tenía tableros que alternaban escaques verdes o rojos con los tradicionales blancos, a juego siempre con los aperitivos de queso u olivas igualmente ajedrezados. Allí estaban también otras figuras, como el director de la Radio Nacional de la Patria Progresista, el entusiasta Valeri. Vi cómo estaba alargando una partida ya ganada contra una joven periodista, una morena tan novata como despampanante. Jugaba como si la desventaja de torre y caballo no significara nada.

Imagen tomada en el Gambit Café de Madrid
Imagen tomada en el Gambit Café. Foto: FMB / Damas y Reyes

—Hoy no es una noche normal. Se espera espectáculo.

Por supuesto que ni idea de a qué turbio asunto se estaba refiriendo, ni quise preguntar. Menos aún dudar de su afirmación. El Capitán Marinault tiene las mejores fuentes y siempre lo sabe todo de buena tinta. Nunca he sido impaciente y sabía que sería cuestión de un rato averiguar de qué se trataba.

—¿Estamos todos? —fue lo único que le dije.

—Nos falta Víctor Zapaszlo. Su tren se ha retrasado.

—Contaba con ello. Demasiados controles en los trenes últimamente.

—Y más estos días… con lo del robo.

—¿El robo?

—¿No lo oíste? Se cargaron al mensajero Fide con un salvoconducto para el candidatos. En Lausana están como locos. Han enviado agentes a cada estación de tren.

—En ese momento entró un tipo bajito con gafas, barba y cara de saber buscarse la vida prara darse un baño en el mismo Kalahari. Marinault miró de reojo y yo seguí su mirada un par de segundos después.

—Probablemente Schachkopf tenga algo que ver.

Me di cuenta de cómo el fulano de las gafas, al parecer el tal Schachkopf, se dirigía a Alexandra, hablaba con ella con cara de conversación exageradamente intrascendente y le pasaba unos papeles a la altura de la cadera. Muy disimuladamente. Iba a comentárselo al capitán cuando me interrumpió un estruendo de sirenas fuera y el frenazo de neumáticos. Al momento, el local se llenó de oficiales con la insignia del caballo ante un fondo de globo terráqueo. 

—No se muevan. Revisión rutinaria.

Valeri y la bella principiante vieron pasar por delante la estela de Schachkopf camino de los servicios y a continuación la de un fideagente.

La puerta del baño se cerró y luego se volvió a abrir a patadas. Se oyeron dos tiros. Uno de ellos alcanzó al hombrecillo con medio torso fuera de la ventana del baño y éste cayó al suelo. El policía lo registró, ya desplomado pero sólo encontró folletos anunciando un concierto de jazz el viernes día 15 en la Sala Moe. 

Me volví a Marinault.

—Capitán, ¿qué quiere decir todo esto?

Él miró a Alexandra, su delicada mano apretando imperceptiblemente su bolsillo.

—Significa que ahora, más que nunca, todos vendrán al Gambit.

Estaba claro a qué se refería. Así que me fui hacia el pianista para un último homenaje con la melodía que ya no sonaría en el Moe.

—Tócala otra vez, Frank —siempre me gustó Frank más que Samuel para un artista—. Toca ‘Alexandra’.

—¿Alexandrie Alexandra?

—¿Cómo?

—Alexandrie Alexandra, la canción de Claude François.

—¿Pero qué estupideces dices? Toca ‘Alexandra Leaving’. De Leonard Cohen.


Fotos: FMB / Damas y Reyes

Más información sobre el Gambit Café, en este artículo para ‘El Mundo’.


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