Diego Rasskin vincula sus primeros recuerdos en el ajedrez con sus vivencias en La Tira, un bar de Lavapiés

La Tira y la tira, un ejercicio de memoria personal 

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Diego Rasskin, autor de varios libros (entre ellos Metáforas de ajedrez), investigador y profesor de Biología Teórica en la Universidad de Valencia, recuerda sus comienzos en el tablero, muchos de ellos ligados a un bar de Lavapiés, en Madrid

Hay hechos, momentos, que marcan toda una vida. O, sin ser tan dramáticos, son causas que generan «efectos perdurables» en la vida de una persona. En mi caso hay una cuantas de ellas en lo que se refiere al ajedrez. En primer lugar, se encuentra la tira diaria publicada por el periódico El País, que me enseñó las primeras nociones de ajedrez a principios de los años 80, una columna que comenzó Héctor B. Kúperman y que finalmente acabaría heredando Leontxo García.


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En segundo lugar, diez años después, la pertenencia a un equipo de la liga madrileña de ajedrez en los años noventa. El equipo se llamaba La Tira y, aunque su nombre no estaba asociado a la tira de El País, permítanme una licencia literaria para aunarlas en el recuerdo. Y es que la memoria es algo misterioso que juega a veces con blancas y a veces con negras, y si bien mi recuerdo es firme y perdurable de ambas cosas, internet no parece acompañarme al menos en el caso de mi club/pub/rock bar donde pasé tantas madrugadas y mañanas de domingo liguero, una imagen de contrastes onírico/escatológicos (tanto en sentido físico como espiritual) digno de contarse. 

La Tira, desaparecida

En lo que se refiere al club/pub La Tira, no, no hay caso. Por más que busco una y otra vez en el ciberespacio, me cuesta encontrar pruebas que constaten su existencia: un equipo de ajedrez de segunda división de la liga madrileña de los noventa que, y esto lo atestiguo yo sin duda alguna, tenía su sede en un pub nocturno en el corazón mismo del barrio de Lavapiés, calle Ave María, 25. Esta es la historia que recuerdo y que me ha venido a la memoria después de un encuentro con Federico Marín Bellón, el dueño de este blog, en el Gambit Café, de Malasaña, un barrio mítico donde este adolescente pasó momentos de gran excitación juvenil.

Una foto de mi carné de la Federación Madrileña de Ajedrez
Una foto de mi carné de la Federación Madrileña de Ajedrez. Testigos reales de una realidad que existió en el Lavapiés de los años 90

Es, por tanto, una historia plenamente madrileña, que mezcla ese Madrid en donde me crie, donde estudiaba y trabajaba al mismo tiempo y en donde se despertó mi pasión por el ajedrez. Por eso, la tira, la otra, la de la columna escrita por Héctor Kúperman, tiene también un lugar importante en el hilo argumental. Y por otra cosa: si le preguntan a Gemini sobre la columna de Kúperman, tendrá información, mucha y precisa; mientras que La Tira genera alucinaciones de gran calibre. Federico no sabía de la existencia del club y jura y perjura que el siguiente texto que Gemini insiste, escribió él, es una fantasmada: 

«Federico es probablemente quien más ha escrito sobre la historia del ajedrez en Madrid. En sus crónicas de los años 90 y textos posteriores en su blog ‘Jugar con cabeza‘, ha rescatado el espíritu de la calle Ave María. Texto exacto (resumen de su crónica sobre bares de ajedrez): «En Lavapiés, el ajedrez siempre tuvo un aire clandestino. La Tira, en el número 25 de la calle Ave María, era el sitio donde se refugiaban los maestros cuando el resto del mundo dormía. Era un local angosto, apenas un pasillo con tableros, donde lo mismo te encontrabas a un gran maestro que a un bohemio del barrio. Allí se jugaba a ‘caída de bandera’ y el nivel era, sencillamente, salvaje».»

Es cierto lo del aire clandestino y hasta la descripción del local, por lo que la IA se ha sacado esto de algún texto que habrá encontrado (yo no lo he podido encontrar por ningún medio) de alguien que lo conoció realmente. En cualquier caso, que yo recuerde, muchos maestros no había, lo de nivel «salvaje», pues depende cómo se mire: si quiere decir que lo que hacíamos eran salvajadas, pues sí. Pero lo nuestro era bastante cutre. Aunque sí es cierto que pasaban maestros por ahí, por ejemplo el GM Daniel Rivera pasaba por ahí de vez en cuando (recuerdo que nos jugó alguna simultánea) y también el MF Daniel Elguezábal (quien me llevó ahí por primera vez). También había algún árbitro de la federación madrileña y poca cosa más. Lo nuestro era ajedrez de club por antonomasia, en donde los jugadores éramos una mezcla binacional hispano-argentina que dejábamos mucho que desear. Federico, insisto, niega haber escrito esto; es más, preguntado nuevamente declara no haber pisado nunca La Tira. Cosas de los grandes modelos de lenguaje de la IA. 

Pegatina de La Tira. Único recuerdo gráfico que me queda del club y del pub, del que no tengo fotografía alguna. Esta foto y mi carnet son testigos reales de una realidad que existió en el Lavapiés de los años 90
Pegatina de La Tira. Único recuerdo gráfico que me queda del club y del pub, del que no tengo fotografía alguna. Esta foto y mi carnet son testigos reales de una realidad que existió en el Lavapiés de los años 90.

En fin, empecemos por el principio, escarbemos en la memoria humana, la mía. El ajedrez que yo jugaba con 14 años era un ajedrez plenamente intuitivo, que no había tenido ningún tipo de aprendizaje sistemático. En otra palabras, no tenía ni idea de lo que era una apertura, del valor de las piezas, de lo que era el centro o el ala, de la diferencia entre táctica y estrategia, de lo que era una combinación ganadora, de cómo desarrollar las piezas en casillas óptimas, de lo que significa un complejo de casillas de un mismo color y de cómo incide la existencia de un alfil en tal complejo, de la fuerza de una torre en séptima, de un peón pasado en sexta o de la necesidad de activar el rey en un final de peones.

En definitiva, yo jugaba al ajedrez sin tener ni idea de jugar al ajedrez. Pero sentía la llamada: quería saber más y para eso me ayudó descubrir una pequeña columna que se publicaba en el diario El País todos los días, donde aparecía un pequeño diagrama de ajedrez que a un niño de 14 años le producía una sensación de estar ante algo profundo y mágico. ¿Cómo hacer para comprender todo lo que sucedía en esas 64 casillas, sus más y sus menos, sus ataques y sus defensas, sus amenazas y sus combinaciones? 

Yo pensaba que recortando las columnas de algo me iba a enterar. A los lectores milenials y más acá les costará pensar en la escena: un adolescente de 14 años esperando a que sus padres terminasen la lectura del diario para recortar cuidadosamente con una tijera la columna de ajedrez y pegarla en un cuaderno ¡Sí, sí, con cola de pegar! Creo recordar que tenía forma cuadrada y debía ocupar un octavo de una página que contenía también el horóscopo, el crucigrama diario, que mi madre completaba con compulsión religiosa en un santiamén, el parte meteorológico y otra serie muy heterogénea de historias variopintas. Ese fue mi punto de partida de mi pasión ajedrecística. Cada día yo leía la pequeña historia de Kúperman que iba acompañada de una partida con comentarios y me parecía todo mágico, era como entrar en un mundo diferente donde los personajes, piezas y peones se coordinaban para entrar a conquistar palacios y tesoros en forma de casillas hasta doblegar al rey enemigo.

Junto a unos amigos del instituto hicimos un club de ajedrez y, recuerdo, tomé mis primeras clases «serias» en el Centro Cultural Nicolás Salmerón de Prosperidad (por donde un tal Almodóvar grabó sus primeros celuloides), que las impartía el ajedrecista madrileño Ramón Spitzer (si la memoria no me falla). Para entonces tenía 16 años y mi tiempo libre lo ocupaba en el club de waterpolo de la Concepción, en Ciudad Lineal. Así que ajedrez, lo justo.

 

Una de las columnas de Héctor B. Kúperman en 'El País'
Recorte de na de las columnas de Héctor B. Kúperman en El País

Pasaron los años y a principios de los años noventa, acabada ya la movida y en los incipientes comienzos de una modernidad que apuntaba maneras y que poco a poco se ha ido perdiendo a favor de una estandarización y gentrificación que hizo que las calles de Madrid comenzaran a parecerse a las calles de cualquier otra capital europea, perdiendo esa pátina de autenticidad que tenía en aquellos años, vivía yo en una destartalada y maravillosa buhardilla, muy bohemia ella, en la calle San Cosme y San Damián, a un minuto escaso de la plaza de Lavapiés.

Estaba haciendo una tesis doctoral sobre modelos matemáticos de evolución en la Universidad Autónoma de Madrid y, mientras escribía código en C++ y me inventaba ecuaciones de transformación morfológicas, me escapaba a mediodía del despacho para asistir a las clases de ajedrez del maestro argentino Daniel Elguezábal. Yo ya lo había conocido a Daniel en algún torneo madrileño y nos habíamos tomado algún café juntos. Cuando me enteré de que daba clases en la universidad me apunté rápidamente y comenzamos una amistad alrededor del tablero que duró unos cuantos años; así, tiempo después, publicaría mi libro Metáforas de Ajedrez en su editorial, La Casa del Ajedrez, pero esa es otra historia. Cuando se enteró de que vivía en Lavapiés me contó acerca de un club que se llamaba La Tira, en un pub de rock ni más ni menos y una noche me llevó al local. 

Así es; ahora que los pubs de ajedrez están tan de moda y que la apertura no hace mucho del impecable Gambit Café, donde tuve la suerte de jugar tres partiditas con Federico, vale la pena recordar un club de ajedrez que se daba cita en un pub de heavy metal, cuyo estado higiénico iba a la par del nivel de nuestro equipo que jugando en segunda división siempre pretendía pasar a primera. En contraste con Alexandra, la dueña del local de Malasaña, el jefe de La Tira, Alfonso, era un ajedrecista empedernido. Capitán del equipo, tenía su tablero siempre preparado en la barra, al lado del dispensador de cerveza, que no paraba de usarse a todas horas.

Por la noche la mezcla de humo y música y ajedrez era bestial: a partir de las ocho o nueve de la noche el local se empezaba a llenar de personajes con chupas de cuero, greñas y tabaco que bebían sus litros al tiempo que jugaban sus partiditas, con o sin reloj, en las pequeñas mesas de mármol blanco que se amontonaban frente al mostrador. La música era ensordecedora, pero ahí se jugaba igual, mientras que los domingos por la mañana todo se transformaba. Sin que ninguno de nosotros hubiera dormido demasiado, se limpiaba el local (se pasaba una fregona que le costaba horrores despegar la cerveza derramada del suelo de losa), se preparaban las mesas con sus tableros y relojes, se disponían las planillas para anotar las partidas y, en un silencio sepulcral que, sin embargo, contenía el eco de ACDC, Deep Purple o vaya uno a recordar que otras maravillas heavy, se jugaban las partidas de la liga. Todo esto se amalgama en mi memoria y forma un recuerdo maravilloso de unos años mágicos de mi juventud. El ajedrez fue entonces muy importante y así ha permanecido en mi vida hasta hoy. 

¿Que cómo quedó el match con Federico en el Gambit Café?, pues 2 a 1 a favor de Federico, por lo que en cualquier momento nos encontraremos ahí nuevamente junto a una cerveza 0,0 (para mí que ya no bebo alcohol) a destornillarnos con sacrificios temerarios y posiciones de la gran tragicomedia del ajedrez. 

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